Hoy ha sido un día duro, demasiadas cosas por hacer y poco tiempo por delante. A primera hora de la mañana nos dirigimos al helipuerto cerca de Tusayan (pueblo situado al lado del Gran Cañón) para poder realizar una de las excursiones en las que sobrevuelas en helicóptero el Gran Cañón. El tiempo y el dinero nos condicionó para hacer una de las rutas cortas, unos 20 minutos de vuelo y 199 dolares por persona, aunque no lo parezca era la segunda más barata, la primera ya estaba llena. La experiencia es brutal, tanto el helicóptero en sí (era mi primera vez) como las vistas que tienes desde lo alto, el dinero gastado merece la pena sin duda.
Una vez de vuelta a la tierra volvimos a entrar en el parque del Gran Cañon para recorrer a pie uno de los tantos trayectos de los que dispone, el South Kaibab Trail. La bajada fue bien y las vistas geniales, pero la subida fue muy dura, aún se me resiente el cuerpo. Y eso que era el camino más fácil de todos los que existen y que sólo bajamos hasta el Ooh Aah point, llamado así por las vistas. Te avisan que no está señalado pero en cuanto lo ves sabes que has llegado.
Tras una breve recuperación volvimos a la carretera dirección Monument Valley. Durante el viaje de apenas 2 horas y media se puede contemplar una gran variedad de paisajes, aunque sabes que estás en territorio indio cuando aparecen las pimeras casetas vendiendo productos artesanales creados por ellos mismos, eso y los caballos pastando libremente por las llanuras. Y entonces, de repente ves esas montañas impresionantes que no sabes de donde han salido y que parecen estar fuera de lugar. Existen excursiones con guías navajos que te llevan por un camino entre ellas pero nosotros decidimos aventurarnos con nuestro coche. Algunos tramos son complicados si vas con un coche bajo, pero con cuidado no tienes porque tener problema. Además, yendo por libre, puedes parar donde quieras y no tragas todo el polvo que levantan los otros coches, ya que las camionetas de las visitas guiadas son descubiertas. Lo malo es que no ves cosas que sólo los indios conocen. Pero con los 10 dólares que hemos pagado por entrar al camino hemos tenido suficiente.
El Goulding Lodge, que es donde nos alojamos, es un bloque de apartamentos estilo motel regentado por navajos, con su tienda de regalos artesanales, un restaurante donde sirven el gran taco navajo del que ya me he hecho fan incondicional (es como un burrito mexicano pero con pan navajo) y donde mientras cenas tienes una buena vista del paisaje durante la puesta de sol. Todo está lleno de referencias a John Wayne, tienen hasta un cine pequeñito donde proyectan sus películas. La habitación no es nada del otro mundo pero tiene las mejores vistas que se pueden pedir, y desués de presenciar un amanecer y un atardecer me quedo sin dudarlo con el atardecer por los colores.
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